Él tiene 50 años. Es profesor de literatura en cinco universidades privadas de Santiago. Está separado y mantiene una cercana relación con su hija Fedora.
Es un escritor frustrado y acarrea un fuerte resentimiento con el mundo. Se siente una víctima del sistema y su enorme capacidad intelectual se ha convertido en una batería de argumentos que justifican su descontento.
Hace ya más de 10 años que Vladimir consume anfetaminas. Las exigencias de su trabajo y el gusto por el silencio de la noche le fomentaron lo que al principio fue una práctica ocasional.
Hoy es un adicto pero está convencido de poder controlar la situación. Su cuerpo, sin embargo, empieza a reflejar las consecuencias del consumo sostenido de anfetaminas. Acepta internarse en La Comunidad por amor a su hija Fedora.